No nos representan (2ª parte)

(Puedes leer la primera parte de este artículo aquí: No nos representan 1ª parte)

Quedando asentado que la democracia horizontal y la visión cooperativa de la política no es una utopía, sino el único camino viable y eficaz que solo ve truncado su desarrollo por el uso de la violencia, voy a intentar plantear qué peligros hay y qué soluciones podemos aportar.

Evitar el hiperliderazgo.

Están surgiendo mesías que quieren regenerar la política buscando el diálogo directo entre el “pueblo” y el líder, saltándose la “burocracia” de los partidos. De la misma forma que en los textos del siglo de oro se ensalzaba la figura del rey, ahora ensalzamos la figura del líder que comunica muy bien.

Los hiperliderazgos son un paso atrás de la democracia representativa. Si queremos avanzar de una democracia representativa a una democracia participativa tenemos que eliminar los liderazgos, aunque sea con una guillotina simbólica.

“Mad” Anthony Wayne en www.everystockphoto.com

El caudillismo, más tarde o más temprano, acaba en el culto a la personalidad y el caudillo pasa a gozar de infalibilidad e impunidad. La disidencia es atacada por los leales al caudillo y desaparece el pensamiento independiente dentro de la organización. Además, si realmente se busca trasformar la sociedad, los poderes fácticos realizarán un ataque brutal contra el líder a través de los medios de comunicación y las redes sociales, afectando a la viabilidad del colectivo.

Los grupos organizados democráticamente son más resilientes. El fervor en pos del líder es efímero y por supuesto ligado a la pervivencia de ese líder. Aquel movimiento basado en ideas, tiene mucha más capacidad de sobrevivir a las derrotas y a la represión.

Necesitamos una sociedad viva y con demócratas

Si consideramos la democracia como una herramienta de uso del espacio público, de construcción republicana, esa herramienta sólo sirve si hay personas dispuestas a usarla y que sepan hacerlo.

Las dificultades de gestión de las comunidades de propietarios son una muestra de los problemas de la democracia. No existe un reconocimiento social por el trabajo comunitario.

Esta dejadez por lo común ha profesionalizado la gestión de las comunidades. Ante la ausencia de vigilancia y de capacidad de las comunidades de propietarios, quienes buscan obtener beneficios espurios pueden tirar los precios y obtener clientes. A eso se añade la desconfianza generalizada del “todos son iguales”, para qué vamos a cambiar. La analogía con la política es evidente.

Sólo podremos mejorar eso si mejoramos la formación y creamos espacios donde practicar el debate, el trabajo colectivo y el llegar a conclusiones consensuadas. La formación servirá para entender la importancia de trabajar para lo común. La praxis nos enseñará a perder el miedo a ejercer la democracia, todo ello creará un clima menos hostil donde cada vez participará más gente.

Por desgracia, los espacios donde debería producirse esa formación, las universidades, las asociaciones de vecinos, los sindicatos han sido colonizados y parasitados por los partidos políticos, produciendo un alejamiento de todas esas instituciones de la sociedad.

Es necesario que entendamos que la relación de los partidos políticos con los movimientos sociales debe ser siempre de máximo respeto y de subordinación. Es decir, debe ser el partido político quien esté sujeto a los intereses de los grupos sociales y no al revés.

Tener un partido – movimiento vivo e influyente en la sociedad se puede conseguir si hay una sociedad viva, con un tejido asociativo independiente y fuerte. Entonces esa sociedad politizada, formada y movilizada será el caldo de cultivo para partidos fuertes con bases organizadas.

Intentar construir esa movilización desde el partido de forma artificial es un error. Solo es posible hacerlo si trabajamos sobre la visión del largo plazo y siendo conscientes que no habrá frutos electorales de esa activación social. Entonces sí podemos y debemos desde la política ayudar y animar el tejido asociativo y la vida cultural.

Eso significa que desde las instituciones se apoye la vida social que ya existe y es independiente de los partidos. No se pueden crear fundaciones y subvencionar o apoyar movimientos afines colonizados por cuadros del partido que posteriormente serán premiados con algún puesto por su trabajo leal. Tener una fundación dependiente del partido es en realidad una forma de corrupción.

Cualquier colectivo es susceptible de ser educado para vivir en democracia y libertad. Solo hay que tener interés y tiempo.

El derecho a decidir

Mi opinión sobre este tema la desarrollé en un artículo de este blog:

https://www.reverdecer.org/derecho-a-decidir/

El resumen operativo de esta reflexión es que si queremos construir un partido – movimiento eficaz, no podemos empezar desde lo federal a lo local, sino al revés.

A mi juicio, todos los experimentos de creación de un partido verde, incluido EQUO, han fracasado porque se intentando montar desde arriba algo, ligado además a una personalidad más o menos conocida.

Si los verdes de Hondarribia hubieran seguido una vía más lenta dejándose de fichajes estrella que acabaron estrellados, hoy la situación sería diferente.

No hay ninguna solución que no pase por tener nodos locales funcionando. La revolución tiene que dar pan y la democracia tiene que tener escala humana.

Feminismo radical sin concesiones

A lo largo de la historia, los intentos de democracia o de libertad han sido sin las mujeres. Todas las formas de opresión históricas han sido siempre peor para las mujeres. Las mujeres llevan dos o tres milenios machacadas y oprimidas.

Ningún intento serio de democracia puede obviar esa realidad. Los hombres estamos acostumbrados a copar los espacios de debate, a imponer nuestro criterio. Necesitamos reeducarnos para estar en espacios mixtos sin avasallar. Empoderarnos en el caso de los hombres blancos heterosexuales, significa aprender a ceder. Entender que no somos los únicos protagonistas de la historia.

En los partidos y movimientos surgidos en los últimos años el machismo ha imperado igual que en los partidos de derecha tradicionales. Mientras con la boca pequeña se hablaba de feminismo, la realidad dentro de los partidos ha sido de un machismo feroz. Realmente puedo asegurar que algunas mujeres han sido atacadas en sus posiciones dentro del partido sólo por ser mujeres. No es una leyenda urbana, es una realidad cotidiana.

La sociedad ya ha asumido la necesidad de la igualdad teórica y rechazado de forma nominal la violencia de género. Los partidos y movimientos que aspiren a un cambio social tienen que ir más allá en la feminización de la política. No hay opción, un partido solo nos puede representar si las mujeres están bien representadas.

Conclusión

La democracia participativa parte del hecho de entender que no nos representan, ni estos ni ninguno. Que no queremos que nos representen.

Esto es algo difícil de entender. Los dirigentes de los partidos dedican mucho tiempo de su vida a su trabajo y dilapidan en muchas ocasiones su vida privada. Por eso, no entienden que se les cuestione y se creen con el derecho a recibir algo a cambio de su sacrificio. Y sí, es verdad, merecen un agradecimiento, merecen que no sea tan duro dedicarse a la política. Pero no merecen sumisión, ni adhesiones inquebrantables, ni ausencia de crítica.

Nadie nos va a regalar nada. La libertad tendremos que lucharla en cada espacio donde estemos y en todo momento. Quien posea el anillo siempre tendrá la tentación de usarlo. Hay que destruir el anillo y mientras tanto vigilar a quien lo tiene y ayudarle a protegerse de sí mismo.

Pero tampoco podemos esperar a que alguien venga y construya el espacio amable y democrático con el que soñamos. Sobre nuestras derrotas, sobre nuestras frustraciones se construirá el siguiente estadio de democracia. Hoy tenemos cosas que otros apenas sí pudieron soñar. Tenemos la obligación moral de comprometernos en la cosa pública, por nuestra propia libertad y nuestros derechos, desde luego. Si no luchamos por ellos, nadie lo hará. También por las generaciones futuras, si no luchamos, su futuro puede ser horrible o simplemente no ser. Estamos en un momento dramático, donde el apocalipsis está al alcance de la mano. Y también debemos hacerlo por las generaciones pasadas, por todas aquellas personas que desde la derrota lucharon por la libertad.

Si echamos la vista atrás, vemos que la mayoría de las luchas locales o globales de las últimas décadas han sido derrotadas. Decía Monseñor Romero poco antes de ser asesinado: “si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”. Si miramos hoy a El Salvador, después de casi 30 años de su asesinato, vemos que Arena, el partido fundado por su asesino, acaba de ganar las elecciones en un país desangrado por las “maras” y la emigración. Y podríamos hablar de Nicaragüa, Palestina, el Sáhara, el Tíbet o tantos otros.

Solo hay dos luchas globales que perviven, el ecologismo y el feminismo. Solo esas luchas siguen en pie y parecen conseguir avances de vez en cuando. Trabajar por el ecofeminismo es, por tanto, la única forma de lucha que tiene opciones en estos momentos.

No será cosa de un día, ni de una persona, ni de una lucha, sino de un trabajo colectivo, lento y a veces doloroso. Construir la democracia participativa debe huir de la prisa. Que la ola que acaba de pasar haya fracasado es solo un giro del guión, el único camino viable es este.

Pepín Fernández es asturiano e ingeniero técnico industrial. Es afiliado a EQUO desde el año 2011 e impulsor del blog Verdes y Libertarias.

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