No nos representan (1ª parte)

No nos representan ni queremos que nos representen: los fundamentos de la democracia participativa en la nueva política.

Introducción.

Estamos viviendo una eclosión de palabras y términos que, sin ser necesariamente nuevos, sí son aplicados de forma novedosa o asumidos por colectivos más amplios y diversos que hasta ahora.

Uno de esos términos es sin duda el empoderamiento. Buscamos que colectivos que han sido habitualmente excluidos o marginados se empoderen. Esto es básico si queremos que haya democracia participativa. Para que las personas participen deben creer que tienen derecho a ello, deben estar empoderadas.

Si esto lo enfocamos hacia la vida interior de los grupos municipales o parlamentarios, los partidos políticos, etc., significa que las personas afiliadas, inscritas, simpatizantes o como queramos llamarlas, tengan un papel protagonista en la toma de decisiones, al mismo nivel que los cargos electos. Y no solo votando al final del proceso, sino debatiendo y proponiendo durante los procesos de la toma de decisión. Pero ese empoderamiento es un proceso largo y que conlleva un esfuerzo individual y colectivo. No es algo que suceda sin más.

Antecedentes

Cuando nos enfrentamos a situaciones conflictivas en el entorno político y se reclama una mayor rendición de cuentas, una mayor participación en la toma de decisiones, sueles encontrarte con quien dice que eso no es lo “natural”, ni lo “eficaz” y que son utopías que nunca han funcionado. Esa visión pesimista que impregna en muchos aspectos el relato público en nuestra sociedad, es el mismo que dice que el altruismo es de “los buenistas”, porque ser “buenista” o creer en la utopía es malo y no funciona. Lo natural es, según esa corriente, ser egoísta, individualista y cínico. Además de aceptar la falta de democracia como algo “natural”, consustancial a la naturaleza humana.

Sobre el altruismo se ha demostrado por estudios recientes de facultades de psicología alemanas y estadounidenses que es algo innato y no aprendido. De la misma forma sabemos que los estudios sobre la evolución de las diferentes poblaciones de homínidos demuestran cómo la cooperación y la ayuda a las personas dependientes aparecen en los estadios más primitivos de nuestra especie. E incluso hay cada vez más casos documentados de altruismo en otras especies, sobre todo los primates.

Pero ¿qué pasa con el anhelo por una democracia igualitaria? ¿Es algo que aparece de repente en la “nueva política” o tiene unas raíces más profundas? Voy a poner sólo tres ejemplos. Son dispares en el tiempo y la cultura donde se producen, para hacer ver que estamos ante una visión de la organización de la sociedad que ha estado siempre presente y que se ha pervertido o desvirtuado sobre la violencia y la sangre. Es mucho más eficiente y “natural” una forma de organizarse democrática y horizontal que una forma de organizarse autoritaria, ya que esta última necesita de la violencia masiva para imponerse.

Fijémonos primero en la Biblia. En los libros más antiguos, tanto en el Pentateuco donde conviven diferentes corrientes sobre las que se construyeron los textos actuales, como en el libro de Jueces, hay una visión clara contra la monarquía porque la existencia de un rey supone poner a una persona por encima de las demás y eso no se encuentra admisible. Estamos hablando de textos de unos 3.000 años de antigüedad. Menos lugar a dudas deja el texto de Macabeos, escrito casi mil años más tarde, cuando exalta la república romana frente al imperio Seleúcida. Es indiscutible que los Macabeos, guerrilleros al fin y al cabo, rechazan que una persona pueda ser considerada con derechos sobre el resto de la población y exaltan una visión que ellos suponían igualitaria de la sociedad en la supuestamente democrática república romana. Es decir, la tradición republicana del Pentateuco y Jueces, continúa viva a lo largo de casi mil años de historia y tradición literaria.

Si nos fijamos en el siglo de oro español, sea Fuente Ovejuna o el Alcalde de Zalamea, vemos que están reivindicando la figura del pueblo y del derecho frente a los privilegios del poderoso, en ambos casos, además, expresados como abusos sexuales a las mujeres. Si bien, en ambos casos también hay una exaltación de la figura del rey que que anticipa un caudillismo disfrazado de democracia, desgraciadamente muy moderno. Sin embargo, hay una obra en este siglo de oro donde la figura del rey protector está ausente y creo que sí reivindica claramente el empoderamiento del humilde. El romance más famoso sobre la leyenda de los 7 infantes de Lara es el romance de Rodrigo de Lara. En el diálogo, el caballero, pagado de sí mismo dice, “soy Don Rodrigo y aún D. Rodrigo de Lara”, es decir, su apellido, su linaje le configura como alguien importante a quien escuchar. Por contra, le contestan, Si tú eres Rodrigo de Lara, yo soy Mudarra González. Es decir, antepone un apellido y linaje humilde, “el hijo de la renegada” y se empodera ajusticiando al poderoso por sus crímenes. Ese “yo soy”, es el primer y básico empoderamiento. Sin apellidos, ni linajes. Y este diálogo es todavía más fuerte en la obra de Lope de Vega: para empezar el título de la obra es “el bastardo Mudarra y los 7 infantes de Lara”, es decir, es Mudarra el sujeto principal. Y en el diálogo previo a la lucha y muerte de D. Rodrigo, al ser interpelado como bastardo, Mudarra reivindica su cultura y su procedencia diciendo que de donde viene no hay bastardos, sino que las bodas las hace la palabra. Es decir, está empoderándonse y al mismo tiempo empoderando su cultura y su diferencia con las costumbres y cultura del poderoso, reivindicando la diversidad cultural. A pesar de que, durante siglos, esa diversidad será perseguida violentamente y se regarán las calles de sangre y sufrimiento.

foto de Maarten van den Heuvel en Unsplash

Otro movimiento con muchos siglos de antigüedad y donde podemos hablar de un funcionamiento horizontal eficaz son las beguinas. Las beguinas es un movimiento femenino aparecido en la edad media, profundamente revolucionario para la concepción de la mujer en la época. No son la esposa de nadie, ni son tampoco monjas, son comunidades autogestionadas de mujeres. Aunque en su larga y variada historia hubo de todo, la idea original y la que llevaron a cabo muchas comunidades de Beguinas es la desaparición de la mediación de un varón para vivir su religiosidad. Mientras en el resto de la sociedad el “director espiritual” invadía la intimidad de las mujeres, las beguinas vivían su fe religiosa sin mediación de otra persona. Es decir, el movimiento de las beguinas es un movimiento de emancipación de la mujer en una sociedad tan patriarcal como la sociedad medieval. Pero lo más importante de las Beguinas es la continuidad de su existencia durante 8 siglos. A pesar de ser atacadas violentamente por una sociedad de valores opuestos a los suyos, dándose el caso de famosas beguinas que fueron quemadas en la hoguera, su organización fue más eficaz que quienes la reprimían. Hoy, ocho siglos más tarde, las fuerzas que las oprimían han desaparecido o necesitado una transformación radical. Sin embargo, la organización de la beguinas como tal ha sobrevivido hasta finales del siglo XX.

En el siglo XXI

Podemos decir que existe un hilo conductor del deseo innato de construcción de la comuna, de defensa de lo común desde los movimientos religiosos “heréticos” medievales, hasta los movimientos revolucionarios modernos. El deseo de libertad y la lucha por ella, incluso hasta el sacrificio de la propia de vida, han estado siempre presentes en todas las sociedades y culturas. Es lógico, por tanto, que nos planteemos cómo construir esa aspiración política universal que sólo es cercenada por la violencia y no por la supuesta ineficacia intrínseca de la democracia participativa y horizontal.

En los últimos 20 años han surgido a lo largo de todo el planeta movimientos de masas reivindicando sus derechos, movimientos que han tenido en muchos casos apoyo en las redes sociales, que han sido aparentemente anónimos y no dirigidos. De la misma forma podemos decir que todos esos movimientos han sido barridos y derrotados. Desde el no a la guerra de Irak, a la revolución de los paraguas de Hong Kong, aparentemente el retroceso global es manifiesto.

Ante esa situación surge permanente la cuestión de cómo tomar las instituciones para conseguir los cambios que se buscan. Europa occidental, EE UU y algunos países más tienen un sistema político que ha basado la participación política en los partidos. Por eso, parte de los grupos conservadores y sus representantes decían durante el 15M “que se presenten a las elecciones”. Por eso, Podemos jugó a representar esa ola y reivindicó ser la voz de la calle convertida en partido político.

No cabe duda de que la imagen de las caras de las bancadas del PP cuando vieron entrar al diputado canario que lucía abundantes rastas nos llenó de alegría a muchas personas, de la misma forma que ver a diputados sin corbata o a mujeres jóvenes que no son maniquíes haciendo de portavoces, revela una cierta ruptura de la endogamia de la clase política. Pero tampoco cabe ninguna duda de que, muy rápidamente, Podemos ha dejado de ser percibido como la voz de la calle para pasar a ser un partido político más. De alguna forma el discurso antipartido dirigido sobre todo contra el PSOE y contra IU ha jugado en su contra y el ataque generalizado de los medios de comunicación y de los poderes fácticos ha conseguido eliminar sus posibilidades de gobernar.

La aspiración de tener un partido-movimiento es muy vieja y es el ideal del que siempre se habla. Un movimiento que esté siempre vivo y que vaya produciendo nuevas generaciones de políticos institucionales que renueven la política. Suena muy bien, pero no es la realidad. Al contrario, Podemos es otro caso donde vemos cómo los partidos fagocitan los movimientos sociales de los que parten y los destruyen. En cuanto a los políticos, acaban profesionalizándose o directamente destruidos por la política profesional, cuyas dinámicas cainitas son muy diferentes a los de los movimientos sociales.

Por otro lado, y durante el siglo XX la única forma de organizarse en territorios grandes era la democracia representativa. Solo se podía tender al asamblearismo en los partidos locales. Sin embargo, con la revolución de la tecnología de la información podemos encontrar formas de trabajar asamblearias en grupos grandes de gente.

Queda claro, por tanto, que el reto es buscar una forma de organizarse democrática, que tenga en cuenta las variables propias del siglo XXI y que sea exitosa.

(pincha aquí para leer la 2ª parte)

Pepín Fernández es asturiano e ingeniero técnico industrial. Es afiliado a EQUO desde el año 2011 e impulsor del blog Verdes y Libertarias.

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