Derecho a decidir

En estos últimos meses ha habido un surgimiento de un sentimiento y un pensamiento anti-autonomista que considera que todo lo centralizado es bueno. Debajo hay un profundo nacionalismo españolista que desprecia también a la Unión Europea. No se basa en ningún dato ni hecho verificable para poder explicar por qué una forma u otra de organizar el estado o cualquier otro organismo, como una empresa o un partido político es mejor o más “eficiente”.

Desde esa óptica se desprecia el derecho a decidir, ridiculizándolo y atacándolo como algo que parte de un nacionalismo disgregador y malo. Por otra parte, hay efectivamente un nacionalismo catalán que usa el derecho a decidir como parapeto de todos sus errores y de sus políticas corruptas.

Sin embargo, la idea básica de la democracia, que es el único sistema eficaz para funcionar en paz, es el derecho a decidir. El derecho a decidir como personas en aquello que nos afecta y cuya decisión no afecta a más personas. El derecho a decidir junto con nuestra familia aquello que solo afecta a nuestra familia. O con nuestra comunidad de vecinos aquello que solo afecta a la comunidad…y así seguir que habrá cosas en las que el derecho a decidir es de todas las personas que vivimos en el planeta.

Cuando desde el nacionalismo tradicional españolista, con traje neoliberal, se habla de eficiencia para atacar el modelo autonómico, además de no basarse en análisis de datos contrastables y obviar por el contrario los datos que prueban lo contrario, olvidan la parte de “eficiencia democrática”.

El único sistema que funciona es la democracia y el estado de derecho. Cualquier otro sistema tiene que utilizar la violencia para no colapsar. Por eso, una sociedad más democrática será una sociedad más resiliente y con más futuro. Y un sistema descentralizado en la toma de decisiones será un sistema más democrático y por lo tanto más eficiente que un sistema donde un único poder central nombra todos los escalones de la administración.

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Esto es algo que además podemos palpar en nuestra vida cotidiana. A medida que un grupo se hace más numeroso, más compleja es su gestión. Da igual que hablemos de una empresa, de una ONG o de una ciudad. Los tamaños medios son siempre los más eficientes, a partir de cierto tamaño, la complejidad de la organización absorbe tanta energía que acaba afectando la eficiencia del conjunto.

Si esto es así en cualquier r organización, mucho más en los partidos políticos. Descontando aquellas organizaciones políticas que están constituidas únicamente por personas que tienen intereses espurios y que lógicamente tienen unas dinámicas internas diferentes, un partido político que responda a la definición teórica del mismo, debería tener muchas personas que trabajen en él por amor al arte.

Si ese partido no tiene financiación irregular, y no admite donaciones de gran cuantía que puedan comprometer su independencia, necesita que su gente sea numerosa y esté motivada, porque será su único recurso para movilizar a la sociedad y conseguir votos.

Foto de Margarida CSilva en Unsplash

Para poder tener grupos humanos organizados que pervivan en el tiempo y mantengan el entusiasmo, necesitamos motivar y hacer ver la utilidad de ese trabajo. La mejor y única manera real de hacerlo, es hacer ver que esa militancia tiene una papel real y relevante en la toma de decisiones, tanto en lo referente a lo global, como por supuesto en lo local, en aquello que está al alcance de la mano de la persona.

Si construimos partidos donde la toma de decisiones es de unas pocas personas ubicadas en Madrid, o bien se producirá un vaciamiento de la estructura del partido, quedando sólo aquellas personas que tienen interés económico en permanecer, bien porque no tengan otro trabajo, bien porque sean personas corruptas.

La otra opción que permite mantener un partido con un “centralismo democrático”, es que la mentalidad de sus militantes sea la de una tradición comunista, acostumbrada a obedecer al secretario general.

Sin embargo, si queremos ganar elecciones en una Europa democrática, tenemos que trabajar con gente empoderada y aprender a empoderar la sociedad. No olvidemos que los viejos nichos de voto comunista han acabado siendo nichos de Le Pen y sus huestes. El verdadero antídoto contra el fascismo es una sociedad de personas libres y empoderadas, por eso debemos construir partidos que fomenten eso en la sociedad empezando por ellos mismos.

Que Rajoy “ordene” a Cifuentes dimitir, es un ataque al estado de derecho y a una organización del estado que tenemos que defender si no queremos perder nuestra libertad y detrás de la libertad, perderemos la educación, la sanidad y el resto de nuestros derechos. Que los partidos de Unidxs Podemos que hablan del derecho a decidir en Cataluña, quieran decidir desde Madrid lo que pasa en Langreo es una incoherencia que pagaremos con la victoria de la derecha en 2019.

Autor: Pepín Fernández. Asturiano. Ing. Técnico industrial. Afiliado a Equo desde el año 2011. Impulsor del blog Verdes y Libertarias.

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